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EL INACABABLE FILOSOFAR HUMANO: SUS INTERROGANTES, SU EDUCACIÓN, SU FORMA DE VIDA

 

EL INACABABLE FILOSOFAR HUMANO: SUS INTERROGANTES, SU EDUCACIÓN, SU FORMA DE VIDA

Por David Galeano Olivera (*)

            Desde que el ser humano “descubrió” su condición de ser racional; es decir, de “ser pensante“, también comenzó su reflexión sobre muchas cuestiones de su interior y de su entorno. En Paraguay, diríamos que el hombre “de golpe” se “dio cuenta” de su ser y de su alrededor e inició el tránsito por los oscuros, inexplorados y eternos caminos de la vida.

            ¿Quién era él? ¿Qué hacía parado en la tierra en medio de tanta inmensidad? ¿Quién lo creó y a la vez creó todo aquello que lo envolvía? ¿Qué era entonces y qué es ahora la vida? ¿Porqué nacemos y morimos; es más, qué hay después de la muerte?.

            Con el tiempo el hombre llegó a sintetizar todas aquellas interrogantes en “solamente” tres: ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?. Sin embargo, hasta hoy esas interrogantes permanecen firmes e inmutables.

            A la primera interrogante ¿De dónde venimos?, se han ensayado varias respuestas. Una -mas bien religiosa- denominada teoría monogenista, intenta justificar el “todo” (creación: universo, tierra y vida), a partir de la obra perfecta de Dios (Jehová, Ala, Buda, Ñande Ru Papa Tenonde), y la otra llamada teoría poligenista, intenta justificar el “todo” mediante, por ejemplo, la evolución de los elementos cósmicos a partir de la denominada teoría del “Big-Bang”, complementada por Charles Darwin, con su teoría de la evolución de las especies (de los elementos químicos surge el agua, la tierra, la vida marina, los vegetales y los animales y dentro de éstos el ser humano).

            A la segunda interrogante ¿Quiénes somos?, surgieron varios intentos de respuestas. Si tomamos las teorías expuestas (monogenista y poligenista) podríamos enunciar, por una parte, que somos “hijos de Dios”; y por el otro lado, podríamos afirmar acaso que somos el resultado de la evolución de numerosas especies. Cualquiera sea la respuesta todavía debemos responder a: ¿porqué tenemos estos rasgos físicos y no otros?, ¿qué debemos hacer con nuestras vidas: vivir sólo vivir, vivir para trabajar, trabajar para vivir, ser o tener? y lo más importante ¿para qué vivir?.

            Finalmente, a la tercera interrogante ¿Adónde vamos?, también se intenta responder con varias hipótesis, entre ellas, la respuesta religiosa (según el cristianismo vamos al cielo, al infierno o al purgatorio; de acuerdo con el desarrollo de  nuestra vida terrenal), para otros la muerte física conlleva a la descomposición orgánica del cuerpo, cumpliendo con la regla de oro de la naturaleza: En la naturaleza nada se pierde, todo se transforma... y nada más. Todavía sobra responder a ¿qué ocurre después de la muerte?. Más allá de la fe ¿existe o no Dios, el cielo o la vida después de la vida: la reencarnación por ejemplo?.

            A partir de aquellos cuestionamientos, de las reflexiones, de las respuestas y de los intentos de respuestas; el ser humano construyó una enorme estructura de pensamiento, que en gran medida se manifiesta en la filosofía, extraordinaria veta inagotada e inagotable de conocimientos, que perdurará -hasta el fin de los días- con el mismo ser humano, su mentor.

            A lo largo de la historia cuestiones vinculadas con la creación, el universo, la naturaleza terrena, la vida y la muerte humana, la educación, la economía, la concepción del estado o la dualidad entre el espíritu y la materia; concentraron la atención de primigenios filosofos griegos de la talla de Tales de Mileto (s. VI ac), Pitágoras (572-497 ac), Empédocles (490-430 ac), Sócrates (470-399 ac), Platón (428-348 ac), o Aristóteles (384-322 ac); y de pensadores clásicos más recientes como San Agustín (354-430, africano), Santo Tomás de Aquino (1225-1274, italiano), René Descartes (1596-1650, francés), John Locke (1632-1714, inglés), Jean-Jacques Rousseau (1712-1778, suizo), Georg Hegel (1770-1831, alemán), Auguste Comte (1798-1857, francés), Immanuel Kant (1724-1804, alemán), John Stuart Mill (1806-1873, inglés), Karl Marx (1818-1883, alemán), Friedrich Nietzsche (1844-1900, alemán), Bertrand Russell (1872-1970, norteamericano), José Ortega y Gasset (1883-1955, español), Jean Piaget (1896-1980, suizo), Erich Fromm (1900-1980, judío-norteamericano), Karl Popper (n. 1902, austriaco), Jean-Paul Sartre (1905-1980, francés), y Martín Heidegger (1889-1976, alemán). Todos ellos, desde distintas perspectivas históricas, religiosas, económicas, sociales y políticas (democráticas, autocráticas, monárquicas, socialistas, comunistas, etc) ensayaron diferentes posturas acerca del ser humano y su entorno terreno y universal, finito e infinito.

            Hoy, sin darnos por vencidos, todos sostenemos que aún nos seguimos formando, nos seguimos haciendo, nos seguimos interrogando; y a cada paso, cada intento, nos sigue demostrando nuestras imperfecciones; y por consiguiente, nuestra constante condición de seres perfectibles; somos, si se quiere, en gran medida milenarios buscadores de la verdad y de la perfección. Esa búsqueda de la verdad y de la perfección nos hizo generar mitos, leyendas, creencias y supersticiones como vano intento de justificarnos a nosotros mismos y a todo lo que existe. Pero ni en esas cuestiones hemos llegado a acuerdo alguno, pues existen tantos mitos, leyendas, creencias y supersticiones como seres humanos hubo y hay.

            Y todo eso mencionado ya, también impacta sobre las obras humanas, sobre la cultura, sobre la educación. De allí surgieron otras interrogantes “menores” acaso pero también preocupantes: ¿Qué es la educación? ¿Quién educa? ¿A quién educa? ¿Por qué educa? ¿Desde cuándo y hasta cuándo educa? ¿Dónde educa? ¿Con quién, para qué y para quién educa?. Y por otra parte, nos abruman preguntas como ¿Qué vínculos debe existir entre la educación y la sociedad? ¿Qué relación debe primar entre la educación y la lengua? ¿Qué valor tiene el contexto cultural en la educación? ¿Qué incidencia tienen la ciencia y la tecnología en la educación? ¿Hasta dónde puede llegar la ciencia? ¿Qué relación se genera entre la fe y la ciencia?.

            De lo expuesto, muchas veces nos resulta difícil comprender la situación que se plantea con una sociedad que logra, a partir de la educación, un “alto nivel” de desarrollo científico y tecnológico, o que desarrolla “modernos” conceptos de vida democrática; pero que, sorpresivamente inicia -en una actitud imprevista y casi imposible- una guerra contra otro país, cuando que la guerra solo la desarrollan los pueblos “primitivos”, “salvajes” o en “estado natural”. Qué sentido tienen entonces las instituciones jurídicas, sociales y sobre todo educativas (escuelas, colegios y universidades) si “todo” puede terminar “con y en” una guerra. ¿Para qué entonces tanta inversión en la educación para la paz, la solidaridad, la tolerancia, la libertad, el amor, el respeto a la naturaleza? ¿Para qué filósofos y pedagogos dedicaron tanto tiempo a la reflexión de “qué”, “porqué” y “cómo” educar, si la “guerra” -creación de la propia humanidad, su “hija bastarda”- puede acabar con todo eso; reduciendo “todo” a nuestros inicios “salvajes”.

            Por otro lado -y en otra reflexión- la leyenda bíblica de la “Torre de Babel”, muestra como los seres humanos en su afán de encontrar un “camino” para llegar al cielo, y por ende a Dios, iniciaron la construcción de una enorme torre y que al no lograr su objetivo se dispersaron y originaron en lugares distintos, sociedades distintas, con idiomas diferentes. Al margen de la leyenda, podemos decir que por causas históricas, religiosas, económicas, sociales y políticas el hombre convivió con sus pares, y por las mismas causas mencionadas migró y se integró o conformó nuevas comunidades, con formas de vivir distintas.

            Ese deambular humano, en todos los tiempos, hizo también que existiesen comunidades, como las occidentales por ejemplo, donde el ser humano debe “vivir para trabajar” y “vivir para tener”. Tan intensas son las revoluciones de la vida en estas comunidades que prácticamente nadie piensa en el “vivir para ser”. Jornadas laborales y de estudios prolongadas, variedad de entretenimientos (pacíficos y violentos), y la cobertura de todo el tiempo disponible del ser humano por la avalancha de “tentaciones” que ofrece la “sociedad de consumo”, a través de la televisión, las radioemisoras y los periódicos; han cooperado para la aparición del hombre material o más exactamente materialista u hombre moderno como algunos lo denominan.

Es el hombre de “hoy”, el “más civilizado”, capaz de entretenerse observando -cómodamente desde el televisor de su casa- una guerra entre dos países de cualquier lugar del mundo o un partido de fútbol. Trabaja diariamente varias horas y tiene “compromisos delicados de último momento”, de “vida o muerte”. Es el hombre que padece a su vez patologías tan modernas como el surmenaje, el estrés, o tiene hipertensión arterial. Es el hombre que no respeta a la naturaleza y mucho menos -ni respeta ni conoce- su propia estructura y funcionamiento corporal. Es incapaz de apreciar un hermoso amanecer o una bella flor. Se acuerda de Dios -si es creyente- yendo a la iglesia pero mientras dura la misa o el culto solo piensa en su trabajo pendiente, porque -en el fondo- él solo tiene que “vivir para trabajar” y “vivir para tener”. Acerca de este hombre material cabe pensar: ¿Para qué tener todo?, o ¿Será que todo lo que obtuvo seguirá siendo suyo después de la muerte?.

Pero no todos fuimos y somos así, pues hasta hoy existen seres humanos que tienen otra radical concepción de la vida y de las cosas, se constituyen en la otra cara de la moneda. Un ejemplo elocuente lo constituye la sociedad Guarani cuyos miembros se esmeran en “vivir para ser”. Ellos saben que la vida terrenal es breve, y para ellos es un tránsito hacia la “tierra sin mal”; por consiguiente, nada es nuestro: ni la tierra, ni las plantas ni los animales. No son de nadie en particular pero están a disposición de todos, para su uso racional, ya que debemos heredarlos a nuestros descendientes y así sucesivamente. No conocen el dinero ni les interesa. Viven “en” y “con” la naturaleza, y procuran desarrollarse plenamente como personas procurando para el efecto “ser “. Buscan el “tekokatu”, que es el estado de plenitud o perfección (teko = persona, vida; y, katu = pleno/a, perfecto/a).

No son personas materialistas son más bien espiritualistas. Cuando necesitan alimentarse la madre naturaleza les provee, cuando están cansados y desean dormir -sin más trámites- duermen. No conocen el surmenaje, el estrés o la hipertensión arterial. No cumplen horarios de oficina. Pero no existe en la humanidad gente que -como ellos- conozca tan profundamente los “secretos”, la perfección y belleza de la naturaleza: el firmamento, las plantas, los animales. Viven “para ser” y saben -mejor que los occidentales- que nada de lo material juntado se podrá transportar al morir. Para ellos la cuestión no es vivir para tener sino “vivir para ser”.

            En fín, a pesar de todo y de todos, desde Tales de Mileto hasta hoy han pasado casi 3000 años, y los seres humanos no hemos definido cual manera de vivir es la más apropiada. Por otra parte, tampoco terminamos de descubrir y de sorprendernos de los “tesoros o diamantes ocultos” que cada uno posee en su interior, en el pensamiento, la reflexión y los conocimientos. También por eso, siempre y cuando esta “sociedad de consumo” nos permita, no debemos abandonar el hábito de filosofar sobre todo, y en particular sobre nuestra educación en pos de actualizarla y perfeccionarla, si se puede, cada día…

 

(*)    Presidente (Director General) del ATENEO DE LENGUA Y CULTURA GUARANI. Profesor, Licenciado y Magíster en Lengua y Cultura Guarani. Docente universitario. Escritor bilingüe. Traductor público. E-mail: dgo@paraway.net.py

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